Todo empezó con un golpe de suerte. En 2015, un experimentado
guardaparque de Tambopata encontró un nido de águila harpía a 30 metros de altura,
en la copa de un árbol de shihuahuaco. Era un hallazgo valioso. Aunque
los machiguengas las respetan por su
fuerza y destreza, y las llamTodo empezó con un golpe de suerte. En 2015, un experimentado
guardaparque de Tambopata encontró un nido de águila harpía a 30 metros de altura,
en la copa de un árbol de shihuahuaco. Era un hallazgo valioso. Aunque
los machiguengas las respetan por su
fuerza y destreza, y las llaman Wakza, y para los ese'eja son “perfectos
cazadores”, poco se conoce de esta especie, sobre todo porque es difícil dar
con sus refugios.
Pasaron un par de años antes de que alguien se animara a usar el
nido como parte de una investigación. Finalmente, en junio de 2017, los biólogos Mark Bowler y Juan Diego Shoobridge, de la empresa de turismo
ecológico Rainforest Expeditions (RE), instalaron una cámara de vigilancia cerca de ese lugar.
Luego vino otro golpe de suerte. Días después de que el equipo quedara listo,
una pareja de águilas depositó un huevo en el nido. Entonces empezaron a
grabar.
La cámara, colocada a 18 metros de distancia del nido, registra todo lo que sucede
en la guarida y permanece prendida desde las cinco de la mañana hasta las seis
y treinta de la tarde.
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